La receta infalible para volverse viral: cómo hizo un desconocido para convertirse en tendencia en pocas horas

La receta infalible para volverse viral: cómo hizo un desconocido para convertirse en tendencia en pocas horas

En la Argentina y en la mayoría de los países hispanohablantes, la figura de Jaimito, un niño pequeño y travieso que se destacaba por sus picardías y bromas, llegó a los oídos de todos. Chistes sobre cuestiones inherentes al colegio, a ciertas figuras históricas o alguna cosilla de alcoba se escucharon antes, antes de antes y acá, más allá y en todos lados. Pero, ¿cómo puede ser que las orejas de un pibe que cursó el primario en Gerli en los años 90 hayan recibido el mismo chiste que otro que hizo lo mismo en Córdoba veinte años atrás? Porque eso, en el fondo, era un viral.

Para lo estrictamente formal, un “viral” es un mensaje o contenido que se difunde con gran rapidez en las redes sociales o a través de Internet. Lo viral, por caso, en su acepción científica, es lo relativo a los virus: que sólo pueden multiplicarse dentro de una célula infectada y se entiende que no tienen vida propia.

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Hoy nos es común escuchar que “tal o cual cosa se hizo viral” y que su ganancia, en tanto, radica en la reproducción infinita. Un contador de visitas engorda, un botón de “compartir” se hincha poniéndose colorado. Pensándolo bien, creo que alguna vez fui viral. Quería una cosa, pasó otra. Incluso todo sucedió sin buscarlo específicamente, pero -en términos concretos- pasó. ¿Hay chances de “hacerse viral” deliberadamente?

Vamos de a poco. Antes de contar mi historia, que anida en un veneno por Los Simpson (paciencia, paciencia: ya voy), vale la pena leer a alguien que fue viral antes de que siquiera se usara la palabra: El Bananero, uno de los primeros reyes de la web y humorista naturalmente viral. Allí no había marketing, ni marco teórico, ni formulitas a replicar: pura honestidad de la vieja internet 1.0.

“Cuando empecé a hacer videos no existía esa terminología. Se empezó a mencionar después con otra connotación en el ambiente del marketing. Cuando comencé, no me importaba ser viral. Solo quería reírme y ya está”, cuenta el uruguayo radicado en los Estados Unidos. ¿Su método para fomentar sus videos? Compartirlos por mail, spamear. Lo que se dice, un marketing de guerrilla. “La viralidad no se podía cuantificar como hoy, que aparecés en ‘Tendencias’, tenés tal cantidad de likes o retuits. En ese momento, con que lo vieran mis amigos y 1000 personas más, ya me satisfacía”, sigue.

El Bananero fue uno de los primeros virales de Latinoamérica.

Las compartidas aumentaron tanto que la tromba de visitas a su página, elbananero.com, terminaron tumbándola. Así fue que empezó a subir sus videos a YouTube y por eso, también, se lo coloca en el lugar de pionero entre los youtubers. Explotó con un cover de “Se te ve la tanga” de Damas Gratis, continuó con “Muñeca System” y “Harry el Sucio Potter”, la golden age bananera. Cosechó picos de 20 millones de views que, para 2006, era una bestialidad. “Pegaron en la gente los juegos de palabra y el humor”.

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Y los números, en lo viral, son fundamentales. Como cuando esa mañana de 2016 me desperté y vi que el “asistiré” de esa invitación en Facebook, que había enviado a unos pocos amigos la noche anterior, ya estaba superando las 200.000 personas. Me asusté, no crean que no me asusté. Para 2016 (bueno, y para hoy, o para mañana: siempre) unas 200.000 personas eran realmente un montón. Pero, ¿qué tienen que ver Los Simpson en todo esto? Paciencia, que ya voy a contar cómo fue que, sin buscarlo del todo, “me hice viral”.

Tengo que contarles algo que nos acerca a muchos: como toda persona de bien, soy fanático de la serie de Matt Groening. Me gustan mucho. Sin embargo, Los Simpson son tan buenos que no hay nada especial en ese gusto. Siquiera es un mérito de una gran personalidad. Al contrario: nos gustan a todos y está bien así. Por eso, siempre nos encontramos a las 20:00 en Star Channel (el rebrandeado Fox) o bien, durante los fines de semana, en Telefe, con esas largas, larguísimas maratones. Qué felicidad.

Entonces, ¿qué pasó? ¿Cómo fue que ese cambio de grilla me hizo viral a mí? Ahora continúo. Porque un viral trae a otro y el hipotálamo me dispara otra imagen, de otro viral completamente distinto: unos Daft Punk vestidos de gauchos parodiando a “Get Lucky”. Se llamaban Dame Guita y, en 2013, hace casi 10 años, fueron virales por “Despiertos para ponerla”, un video cómico con el que cosecharon un millón de reproducciones en una semana. Y, otra vez, los números. “No imaginábamos llegar a tener tanto impacto. Fue un fenómeno recontra inesperado”, reconoce Nicolás, uno de los gauchos, desde Suiza, hoy lejos del mundo audiovisual y, más aún, de los virales.

Ya vuelvo con Los Simpson, paren. Es un minuto nomás. Porque, para construir la historia de los virales domésticos, hay que mencionar al cineasta Andrés Borghi. Que, en 2007, filmó junto a un amigo el cortometraje Otakus, en el que hacía despliegue de un conocimiento en edición notable y que los ponía a pelear de una forma cercana a Dragon Ball Z. ¿Por qué se hizo viral? Lo explica Borghi: “Porque apelaba a un público muy grande, que es el del anime. No era algo muy explorado por las producciones nacionales. También porque tenía un lenguaje muy cinematográfico y unos efectos especiales de calidad, más para lo que era ese momento y para lo que se veía en YouTube”.

El cineaste Andrés Borghi fue uno de los primeros argentinos en volverse viral en Internet.

Por lo visto, la viralidad puede obtenerse de muchas maneras -por spam, por condiciones técnicas superlativas, por casualidad- pero, la mayoría de las veces, el delivery masivo y el éxito de ese contenido no ocurre intencionadamente. Hay un factor azar y otro emocional que, como sea, potencia las compartidas. Vuelvo a Los Simpson, que en 2016 fueron levantados por Telefe. Molesto y cebado por un amigo comencé a expresarme en las redes sociales. Que no podía ser, que no nos merecíamos esto, que Los Simpson son de todos y para siempre.

Envalentonado, catalicé un sentimiento que rumiaba en las redes sociales: queríamos a Los Simpson de nuevo y no importaba cómo. Escribimos a las redes del canal y, tuit va y tuit viene, la temperatura fue escalando. Vamos a ser honestos: nunca sé es exagerado cuando se habla de Los Simpson. Así, armé una convocatoria en redes sociales en la que pedía que, ese fin de semana en que faltaran los rayos catódicos de Los Simpson, reventáramos el Obelisco con pancartas, reclamos y griterío.

Invité a algunos amigos, pusieron sus “asistiré”. En menos de 10 horas, el evento en Facebook ya tenía unos 200.000 “asistiré” y, por su volumen, los medios empezaron a requerir la presencia de su organizador: yo, una célula infectada que, en este caso, por mí mismo, no tenía vida propia. Con semejante envión, di notas en radios, diarios y diversos medios mainstream. Me puse en la piel de vocero oficial de una causa mayor. Una veloz googleada corrobora esta fotografía insólita: hombre común en situación extraordinaria. Mientras más emoción, más perfora el viral.

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Entonces, la vida me puso delante de un reclamo colectivo y alucinante: procurar por la continuidad de una serie animada en la grilla de un canal de aire. Siguieron las entrevistas, las felicitaciones, el cebamiento generalizado: ese fin de semana íbamos a reclamar por lo que creíamos justo, saltándonos cualquier decisión tomada por un canal privado que, en el fondo, no debía dar ninguna explicación sobre el caso. Éramos puros fans reclamando por la presencia inmarcesible de nuestro chiche favorito.

La cabeza se va, los recuerdos vuelan. Y en el sinfín de imágenes y sentimientos, la presencia de otro viral (ya vuelvo al remate y con eso termino) que, en su momento, también había roto todo. En el año 2013, el historietista El Niño Rodríguez subió a YouTube su cortometraje Ni una sola palabra de amor, basado en un audio de desamor. Y, al toque, se convirtió en lo más visto. “Todo arrancó por la recomendación de Juan José Campanella y de Malena Pichot. Eso armó una bola de recomendaciones y se produjo un viral”, recuerda El Niño Rodríguez.

Después de un exitoso recorrido por festivales, Ni una sola palabra de amor llevó a sus dos protagonistas originales, María y Enrique, a posar para la tapa de una famosa revista de espectáculos que elige a los “personajes del año”. A la sazón, a pesar del éxito del corto y de sus millones de vistas, El Niño Rodríguez no volvió a filmar. “Intenté encarar nuevos proyectos en cine, pero no encontré cómo. A pesar de haber metido un gol, eso no se tradujo ni en oportunidades ni en ofertas. Queda sólo el recuerdo de la gente”, revuelve el dibujante.

Y todo este recorrido me deja con el siguiente pie: me asusté y mucho cuando todo se me desbandó. Si el viral no es consciente, también es difícil desarticularlo, o capitalizarlo, o no necesariamente se entroniza bajo su pretensión inicial. Aunque yo podría decir que sí, que en parte lo logré, porque Los Simpson volvieron a la pantalla abierta prácticamente enseguida. No podría decir que fue por el reclamo ya que, como dije, me asusté y, aún con todo ese compromiso y biri biri, bajé la convocatoria. El viral -solito- se había echado paso a andar.

Así las cosas, no hubo marchas ni movilizaciones: sí fui el mascarón de proa de un viral involuntario. Mí costado Jaimito se sigue riendo de todo esto: espontáneo, veloz, de oreja a oreja, así se configura un viral. Y, en concreto, ganamos, no puedo decir que no ganamos: cada 19 de abril, Día Internacional de Los Simpson, se habla religiosamente sobre nuestra serie favorita y, en lo colectivo, Los Simpson están ahí, para nosotros, durante todos los fines de semana en esas largas, larguísimas maratones. El enojo, padre de muchas emociones, también es viral. Eso explica muchas otras cosas. 


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